Hasta los pacientes se sorprenden por los precios que sus aseguradoras están dispuestas a pagar, un costo que al final pagamos todos

Samantha Smith, de Harrisburg, Pennsylvania, entró al quirófano para la extracción de emergencia de un embarazo ectópico. “Estoy agradecida de no haber muerto”, dijo, pero se sorprendió al ver que la cirugía ambulatoria fue facturada a su aseguradora por unos $100.000.

Jamie Estrada, de Albuquerque, Nuevo México, recibió en dos ocasiones inyecciones de lidocaína en la parte superior de la columna vertebral para probar si una ablación permanente del nervio trataría su dolor crónico de cuello.

El dolor desapareció hasta que el anestésico dejó de hacer efecto unas seis horas después. Lo más impactante: a su aseguradora le facturaron $28.000 por cada procedimiento de 10 minutos.

A Mark McCullick, de Longmont, Colorado, lo mandaron a hacerse una tomografía por emisión de positrones (PET) de cuerpo completo para averiguar si su cáncer de próstata había regresado. El estudio, de dos horas, no mostró evidencia de cáncer, pero la factura de $77.000 enviada a la empresa que administra su seguro lo alarmó.

La inflación médica ha superado de manera constante la inflación general durante años, y las facturas de muchos procedimientos breves y de rutina llegan a decenas de miles de dólares.

Estos casos destacan las preguntas que afectan al sistema de salud estadounidense y a los pacientes atrapados en él: ¿Cuál es un precio razonable para cualquier consulta o procedimiento médico y cómo se determina? ¿Qué tanto luchan las aseguradoras, supuestas administradoras del dinero de salud que los pacientes ganan con esfuerzo, para reducir los cargos y qué tan de cerca revisan las facturas para verificar su exactitud?

Los casos de Smith, Estrada y McCullick son facturas del “chargemaster”, calculadas a partir de la lista madre de precios que los proveedores de salud asignan a los servicios.

Los pacientes que tienen seguro generalmente no las pagan. Pero son importantes porque a menudo son el punto de partida para el precio negociado que la aseguradora acepta como razonable por los servicios.

Por lo general, los pacientes son responsables de entre el 10 % y el 20 % del precio negociado, su coseguro, y cuando los precios son tan altos, esa puede ser una cifra muy grande. Además, esas tarifas negociadas son difíciles de conocer para los pacientes (hasta que reciben la factura) y parecen arbitrarias.

Además, como las aseguradoras pueden compensar gastos altos en un año aumentando las primas y los deducibles al siguiente, tienen poco incentivo para negociar con firmeza buenos acuerdos para los pacientes que cubren. Así, de forma indirecta, todos los pacientes pagan sin saberlo.

En los casos de Smith y Estrada, sus aseguradoras pagaron la mayor parte sin cuestionamientos. El Centro Médico Hershey de Penn State, que trató a Smith, recibió $61.000, o el 62% de lo que facturó. New Mexico Surgery Center Orthopaedics, que trató a Estrada, recibió $46.000, o el 82%.

La aseguradora de McCullick, en cambio, dijo que pagaría a Intermountain Health solo el 28 % de su factura de $77.000. Luego hubo otro giro: el hospital, que dijo que había obtenido una preautorización, descubrió después que el estudio no estaba cubierto. Entonces le facturó a McCullick la tarifa completa del chargemaster de $77.000 o le ofreció que podía pagar la tarifa en efectivo de $14.259.

En un comunicado enviado por correo electrónico, Chris Bond, vocero de AHIP, el principal grupo comercial de las aseguradoras de salud, responsabilizó a los hospitales por el problema y dijo que los planes están “enfocados en hacer que los beneficios y la cobertura sean lo más asequibles posible para sus miembros”.

Agregó que: “como la categoría más grande por cada dólar de prima gastado, los aumentos en el costo de la atención hospitalaria tienen un impacto desproporcionado en las primas”.

En un sistema de salud en el que los precios pueden variar de manera exponencial con poca transparencia, ¿cómo pueden los pacientes permitirse enfermarse?

“No tiene sentido”

Los estadounidenses señalaron a la atención médica como una de las principales prioridades para el gobierno en 2026, según una encuesta de The Associated Press-NORC, y expresaron especial preocupación por el costo, el acceso y la cobertura.

La primera administración Trump exigió a aseguradoras y hospitales que publicaran archivos con precios en efectivo, brutos y negociados para diversos artículos y servicios. Estas listas de precios sin procesar —a menudo cientos de páginas llenas de códigos de facturación médica— han sido de poca utilidad para los pacientes.

Cinco años después, han sido recopiladas, analizadas y ampliadas por académicos y empresas emergentes, lo que ha arrojado luz sobre las disparidades en los precios y cómo han surgido.

“Cuando miramos los datos, ya sea del chargemaster o de lo que pagaron las aseguradoras, están por todos lados; no tienen sentido”, dijo Marcus Dorstel, vicepresidente senior de operaciones de Turquoise Health, una empresa emergente de transparencia de precios con pagadores y proveedores como clientes. “La variación es enorme, incluso en una zona específica”.

Cuando investigadores de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de Johns Hopkins analizaron los datos, descubrieron que el precio que distintas aseguradoras pagan por los mismos cargos facturados “puede ser tres o más veces diferente en el mismo hospital”, dijo Ge Bai, profesora de contabilidad en salud que participó en la investigación.

Los precios que pagan las aseguradoras se determinan por numerosos factores, incluidos los que establecen sus contratos con los sistemas de salud. Algunos planes, como el de Smith, pagan automáticamente un porcentaje de los cargos facturados por el hospital, lo que incentiva a los hospitales a aumentar sus tarifas.

 El Centro Médico Hershey aumentó sus precios para 11 códigos comunes de facturación hospitalaria en un promedio de alrededor de 30% entre 2023 y 2025, calculó para este artículo Dan Snow, científico de datos de Turquoise Health. Pero esos precios no eran muy diferentes de los de otros hospitales en Pennsylvania.

En otros casos, una aseguradora puede acordar pagar a un sistema de salud una tarifa por caso, una tarifa estándar para un tipo de atención, como una colonoscopía o una hospitalización por neumonía.

Pero hay un elemento adicional lucrativo, llamado “carve-out”, que se refiere a un beneficio específico que se negocia y se paga por separado. Por ejemplo, si el hospital utilizó medicamentos o dispositivos costosos, pueden facturarse además de la tarifa global por caso, sin límites en los recargos del hospital.

Ese fue el caso de la tomografía PET de McCullick; alrededor del 80% del cargo no fue por el estudio en sí, sino por un nuevo tipo de medicamento inyectado antes del estudio para detectar el cáncer.

La mayoría de las veces, los precios finales dependen del poder de negociación relativo de la aseguradora y el sistema de salud: ¿Cuál de las partes tiene suficiente influencia en el mercado como para retirarse si la otra no cumple con sus exigencias?

Esos factores “pueden explicar las variaciones y patrones de precios que vemos”, dijo Dorstel. “En algunos mercados, las aseguradoras fijan los precios y, en otros, los aceptan”.

Para las aseguradoras, pagar más es rentable

Las aseguradoras no tienen incentivos para bajar los precios porque los precios altos significan que “reciben una parte del pastel más grande”, dijo Bai.

Por ley, las aseguradoras deben gastar el 80 % u 85% de las primas en la atención de los pacientes. Pero cuando los precios suben, pueden trasladar el aumento a los clientes en forma de primas más altas y aun así cumplir con su obligación legal.

Así, primas más altas significan menos dinero para el paciente y más ganancias para la aseguradora.

Por cada inyección espinal que recibió Estrada, la tarifa contratada por su compañía de seguros fue de $23.237,50. El coseguro de Estrada fue de $5.166,20. Con un plan con deducible alto, se le pidió que pagara la totalidad de esa factura de más de $5.000.

Cuando llamó para cuestionar la factura, dijo que el administrador del centro quirúrgico le explicó que los cargos eran resultado de un “contrato heredado” con la aseguradora que es “ventajoso” y “favorable” para el centro.

Los cargos de New Mexico Surgery Center Orthopaedics son muchas veces mayores que los del hospital donde los médicos del centro admiten pacientes; allí, la tarifa contratada por la aseguradora de Estrada para la misma inyección es de solo $2.058,67. Y en comparación con los cerca de $20.000 que la aseguradora pagó por cada inyección de Estrada, otras aseguradoras pagan al centro alrededor de $700 por el mismo procedimiento, encontró Snow.

El centro quirúrgico forma parte de un grupo nacional que tiene más de 535 instalaciones quirúrgicas, United Surgical Partners International, que a su vez es propiedad de Tenet Healthcare, un conglomerado de salud con fines de lucro. Ese tipo de dominio del mercado puede dar a las empresas el poder de negociación para cobrar —y recibir— lo que quieran, explicó Bai.

El centro quirúrgico, United Surgical Partners International y Tenet Healthcare no respondieron a múltiples solicitudes de comentarios de KFF Health News.

Con cargos prenegociados, las aseguradoras tienen pocos incentivos para revisar facturas cuestionables. Cuando Smith pidió una factura detallada de su cirugía, descubrió que le habían facturado dos intervenciones: una por la extracción del embarazo ectópico y otra porque el cirujano notó signos de endometriosis y realizó una biopsia. Ambas fueron facturadas a la tarifa contratada de $37.923.

Se indignó por los cargos, que a su juicio parecían un cobro duplicado. “Fue una sola cirugía”, dijo. “Hubo una sola incisión”.

Abogada formada en la Universidad de Yale, Smith consultó las pautas federales de codificación correcta de los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS, por sus siglas en inglés), que señalan que los dos códigos de facturación utilizados para su cirugía por lo general no pueden “facturarse juntos para el mismo encuentro con el paciente” porque uno está incluido en el otro.

Smith dijo que se comunicó con el hospital de Penn State, la aseguradora e incluso con el fiscal general del estado sin lograr una resolución. Por eso espera que, a regañadientes, tendrá que pagar el coseguro de $5.250 que el hospital y la aseguradora dicen que debe.

En respuesta a preguntas de KFF Health News, Scott Gilbert, vocero del sistema de salud, no respondió a los detalles específicos de este caso, pero escribió: “Penn State Health reconoce que la facturación de la atención médica puede ser confusa y a menudo abrumadora para los pacientes. El proceso implica muchos factores, incluidos el tipo de atención brindada, dónde se presta y los detalles de la cobertura de seguro del paciente”.

¿Un precio “razonable”?

Después de que un reportero envió múltiples consultas a Intermountain Health, McCullick dijo que un representante le preguntó cuál sería “una cantidad razonable para resolver la situación”.

Sara Quale, portavoz del Hospital Good Samaritan, afiliado de Intermountain donde se realizó la tomografía PET, escribió: “Lamentamos sinceramente la frustración que esta situación ha causado al señor McCullick”, y señaló que “hemos estado en contacto constante con él y continuaremos dando seguimiento según sea necesario”.

McCullick dijo que quiere pagar la parte que le corresponde, pero aún intenta determinar cuál es, sin duda menos que los distintos precios de pago directo que le han ofrecido, todos superiores a $10.000. “La naturaleza cambiante de estas cifras es sorprendente”, escribió en un correo electrónico.

En cuanto a Estrada, estaba tan molesto que decidió no seguir adelante con la ablación del nervio. Mientras lo preparaban para el procedimiento, recordó, el médico dijo que había “escuchado que podría demandar” y lo regañó por ser problemático. El hospital no respondió a una solicitud de comentarios sobre las acusaciones y Estrada dijo que nunca había amenazado con emprender acciones legales.

Estrada se bajó de la camilla y se volvió a poner la camisa. “No voy a dejar que esta persona me introduzca una aguja grande en la espalda”.

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Medicaid Is Paying for More Dental Care. GOP Cuts Threaten To Reverse the Trend.

Star Quinn moved to Kingsport, Tennessee, in 2023, the same year the state began covering dental costs for about 600,000 low-income adults enrolled in Medicaid.

But when Quinn chipped a tooth and it became infected, she could not find a dentist near her home who would accept her government health coverage and was taking new patients.

She went to an emergency room, receiving painkillers and antibiotics, but she remained in agonizing pain weeks later and paid a dentist $200 to extract the tooth.

Years later, it still hurts to chew on that side, she said, but Quinn — a 34-year-old who has four children and, with her husband, earns about $30,000 a year — still can’t find a dentist nearby.

“You should be able to get dental care,” she said, “because at the end of the day dental care is health care.”

The federal government has long required states to offer dental coverage for children enrolled in Medicaid, the joint state-federal health program for people who are low-income or disabled. Paying for adults’ dental care, though, is optional for states.

In recent years, several states have opted to expand the coverage offered by their Medicaid programs, seeking to boost access in recognition of its importance to overall health. So far, increasing adult dental care is a work in progress: In a sampling of six of those states by KFF Health News, fewer than 1 in 4 adults on Medicaid see a dentist at least once a year.

But under congressional Republicans’ One Big Beautiful Bill Act, which President Donald Trump signed into law last year, the federal government is expected to reduce Medicaid spending by more than $900 billion over the next decade. The expected 10-year losses for individual states range from about $184 million for Wyoming to about $150 billion for California.

State Medicaid programs typically expand or reduce benefits depending on their finances, and such massive federal cuts could force some to shrink or eliminate what they offer, including dental benefits.

“We will lose all the gains we have made,” said Shillpa Naavaal, a dental policy researcher at Virginia Commonwealth University in Richmond.

Tennessee’s Medicaid program, for instance, spent nearly $64 million on its dental coverage in 2024 and saw a 20% decrease in dental-related ER visits, said Amy Lawrence, the program’s spokesperson.

But under the new law, Tennessee is projected to lose about $7 billion in federal funding over the next decade.

As of last year, 38 states and the District of Columbia offered enhanced dental benefits for adult Medicaid beneficiaries, according to the American Dental Association. Most of the others offer limited or emergency-only care. Alabama is the only state that offers no dental coverage for adult beneficiaries.

Since 2021, 18 states have enhanced their coverage to include checkups, X-rays, fillings, crowns, and dentures, while loosening annual dollar caps for benefits.

Use of dental benefits in states with the enhanced benefits is greater than in states with only limited or emergency coverage, though still low overall, according to an ADA report with the latest data as of December. No more than a third of adult Medicaid recipients saw a dentist in 2022 in any state.

To review more recent progress, KFF Health News asked one-third of the states that have expanded their benefits in the past five years for their most recent data on the percentage of adults on Medicaid who visit a dentist at least once a year:

  • Maryland — 22% (in 2024)
  • Oklahoma — 16% (in 2025)
  • Maine — 13% (in 2025)
  • New Hampshire — 19% (in 2025)
  • Tennessee — 16% (in 2024)
  • Virginia — 21% (in 2025)

In comparison, about 50% to 60% of adults with private dental coverage see a dentist at least once a year, according to the ADA.

Nationwide, 41% of dentists reported participating in Medicaid in 2024, a share that has remained stable over the past decade despite the dental benefit expansions in many states, the ADA says. Many participating dentists, though, limit the number of Medicaid enrollees they treat, and some will not accept new patients on Medicaid.

Reimbursement rates have not kept up with costs, deterring dentists from accepting Medicaid, said Marko Vujicic, chief economist and vice president at the ADA Health Policy Institute.

Because of a lack of dentists who take Medicaid in southwestern Virginia, the Appalachian Highlands Community Dental Center in Abingdon sees patients who travel more than two hours for care — and must turn many away, said Elaine Smith, its executive director.

The center’s seven residents treated about 5,000 patients last year, most of them on Medicaid. About 3,000 people are on its waitlist, waiting up to a year to be seen.

“It’s sad because they have the means now to see a dentist, but they still don’t have a dental home,” Smith said.

Low-income adults face other barriers to dental care, including a lack of transportation, child care, or time off work, she said.

The inability to see a dentist has consequences broader than tooth pain. Poor dental health can contribute to a host of other significant health problems, such as heart disease and diabetes. It can also make it harder to do things like apply for jobs and generally lead a healthy life.

Robin Mullins, 49, who has been off and on Medicaid since 2013, said a lack of regular dental visits contributed to her losing her bottom teeth. Unable to find a dentist near her home in rural Clintwood, Virginia, she drives almost 90 minutes to Smith’s clinic — that is, when she can afford to get time away from driving for DoorDash or find help watching her daughter, who has special needs.

She gets by with partial dentures but misses her natural teeth, she said. “It’s absolutely horrible, as you can’t chew your food properly.”

In New Hampshire, though, the challenges have more to do with low demand than a low supply of dentists, said Tom Raffio, chief executive of Northeast Delta Dental, which manages the state’s Medicaid dental program. The company has added new dentists to its list of participating providers, along with two mobile dental units that traverse the state, he said.

Raffio said Northeast Delta Dental also has publicized the state benefits using radio advertising and social media, among other efforts.

Until 2023, New Hampshire Medicaid covered only dental emergencies.

“Culturally, it’s going to take a while,” he said, “as people just are used to not going to the dentist, or going to the ER when have dental pain.”

Brooks Woodward, dental director at Baltimore-based Chase Brexton Health Care, called Maryland’s rate of roughly 1 in 5 adults on Medicaid seeing a dentist in 2024 “pretty good” considering the benefits had been enhanced only since 2023.

Woodward said many adults on Medicaid believe that you go to a dentist only when you’re in pain. “They’ve always just not gone to the dentist, and that’s just the way they had it in their life,” he said.

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